El “Humvee”, la rueda y los cojones

Anécdotas legionarias hay miles, basadas en diversas situaciones, con diversos protagonistas y algunas hasta ocurrieron en verdad. Las mejores suelen ser aquellas donde se contrasta la excelencia legionaria con elementos de «pistolandia», no obstante desde que se están realizando misiones internacionales el «buscate la vida que estás en el Tercio» ha sido elevado a un nivel superior, demostrando a nivel global ese plus resolutivo que siempre tenemos.

A continuación un relato basado en hechos reales ocurridos durante el servicio de la AGT CANARIAS en Bosnia y Herzegovina entre abril y octubre de 1993 que he encontrado en la web «amviglez.wordpress.com» © A. Vllegas Glez.

El día había empezado mal para la Sección cuando, en la papeleta del servicio diario, les había tocado salir de escolta de protección de un “pez gordo”, algún político que estaba de visita, algún altísimo mando militar o algún otro mandamás de la organización, cuya boina azul, (o casco en aquel caso), portaban los soldados que, desde muy temprano, revisaban los motores de los “Beemerres”, los fusiles, las municiones, los chalecos y el resto del  equipo.

Andaban todos jodidos y enfurruñados porque resultaba que el “pájaro”  había solicitado que, a la escolta española asignada para la misión por ser aquella nuestra zona de responsabilidad, se sumasen un par de vehículos norteamericanos. Debió ser que el personaje en cuestión vería los flamantes Nissan Patrol entoldados y diría que allí se montase Rita, que él quería uno de los modernos y bestiales todo terrenos yanquis, los Hummer.

Así que el convoy salió desde Jablanica con dirección Norte , en dirección a un pueblo que se llamaba Gorni Vakuf y en dónde se daban de hostias unos y otros sin descanso ni miramientos, y los españoles en medio, toma Valle del Neretva y la madre que lo parió.

La cosa marchaba como siempre, que si disparaban  a los vehículos, que si por allí caían bombazos de mortero, que, ¡ojo no asome vuecelencia la gaita!, hasta algún camarada resultó herido y curado sobre la marcha: “tira pá-lante, que esto no es ná, cohones”

Avanzaban los vehículos por la difícil carretera y los que iban dentro de los Nissan miraban con mucha envidia las puertas de sólida chapa de los “Humvees” y luego acariciaban la lona del vehículo español, “Toldos Cuenca” ponía en un cartelito, y con la vieja resignación hispana y el no más viejo sentido del humor se descojonaban de la risa:

–        ¡Pos no tienen que llevá caló ni ná ésos ahí metidos!

–        Yo prefiero el Nissan…

–        ¡Donde vas a comparar, compadre!

Y los hombres que iban en la caja clavándose el afuste de la radio, los hierros de la lona y sujetándose con las rodillas como podían, mantenían la sonrisa mientras repartían tabaco, justo cuando un pepinazo cae  muy cerca y hace que la lona del vehículo se estremezca y los hierros resuenen más que los tacones de una bailaora en un tablao de Sevilla:

¡Taclataclaclactlaclaclacclac!- hace, con las suspensiones rebotando y el Teniente que va sentado delante acordándose de los japoneses, del Ministerio y de la madre que parió al encargado de compras y de material.

Entonces de repente el convoy  se detiene, se activan las alertas y se despliegan los hombres, ¿qué pasa?, ¿qué pasa…?

Resulta que a uno de los vehículos norteamericanos se le ha pinchado unos de sus neumáticos, gordos, sólidos y teóricamente semi-blindados. Allí está el caucho desparramado sobre el asfalto y el conductor mirándolo con cara de no saber siquiera que el cacharro aquel tenía ruedas.

Dentro un oficial yanqui agarra el micro de la radio y empieza a transmitir coordenadas y novedades, se le puede ver muy serio y compungido:

–        ¡Houston, Houston tenemos un problema…!

El oficial español, que parla inglés, que le escucha y comunica a su convoy  la noticia de que hay que esperar, pues  los norteamericanos habían solicitado -“por avería grave”- el cambio de vehículo, y preparaban en aquel momento el helicóptero que les socorrería. Un “Chinuk” nada más y nada menos, para los legos en materias militares el helicóptero en cuestión es ése negro y enorme de dos rotores  del que suelen colgar cosas como camiones o cañones:

–        ¿Y cuánto hay que esperar mi Teniente?- pregunta un legionario con barba de varios días, descamisado y con el chaleco antifragmentos abierto, se le ve al hombre cansado, con ojeras y como se dice en España, hasta los mismos cojones.

–        Pues un par de horas lo menos… Mientras preparan y arrancan y pitos y flautas ya sabes…

–        ¡pues vaya putada mi Teniente!, hoy es el cumpleaños del Cabo Rogelio…

–        ¡Es verdad!, pero hay que joderse, ya sabéis, España nos mira y eso…

–        ¿Y por qué no cambian la rueda mi teniente?

La pregunta es tan obvia que resulta casi estúpida, pero todos se miran asombrados y se ponen en pie, sonrientes.

¡Seremos gilipollas!- se dicen- y el Teniente que parla hereje les dice a los norteamericanos que oye, que eso que cuelga del bastidor era otra rueda y que se ponía sustituyendo a la otra y tal…

Pero los yanquis se miraban unos a otros con cara de haba:

–        ¿What?

–        ¡La rueda, desnortaos!

Pero los soldados yanquis no movían un músculo.

Y las horas empezaban a pasar lentas, muy lentas, y los “lejías” venga mirar el reloj, mientras en la base el Cabo Rogelio ya estaba destapando la primera botella de “Yonigualquer”.

Entonces se levanta uno, flaco, desgarbado, con un cigarro entre los labios y se queda mirando la rueda pinchada:

–        ¡Mi Teniente permiso pa cambiar la rueda!- dice.

–        Estos no traen la llave de ruedas de pulgadas.

–        Eso lo arreglo yo si me da usted permiso…

El Teniente se acerca al oficial aliado y le comenta el plan, que esto lo arreglamos nosotros y así nos quitamos de esa posición tan expuesta y tal y cual, todo muy táctico y militar.

El otro accede no sin antes advertir al oficial español la diferencia de medidas entre ellos y los atrasados europeos que usan el sistema métrico decimal y que, por tanto, las herramientas que traen en dotación los españoles no les sirven:

–        ¡Nema Problema amigo!- contesta el oficial español- en dotación los españoles traemos también el ingenio-  a su espalda se oye un grito anónimo:

–        ¡Y los cojones, mi Teniente!

El legionario flaco y con cara de pícaro agarra una llave fija de medida superior al tornillo de la rueda del “Humvee”, luego, con un destornillador plano, ocupa el espacio que queda y empieza a apretar con fuerza.

Los norteamericanos se quedan patidifusos cuando se escucha el ruido seco, ¡Clac!, del primer tornillo cediendo:

–        ¿WHAAAATTTTT?

Y más de piedra se quedan todavía cuando los compañeros del legionario se turnan para ir aflojando los tornillos de la rueda, meter  debajo el gato de un Nissan, que apenas podía levantar el mastodonte americano, quitar el neumático pinchado y poner el otro. Todo en un decir Jesús. O John.

Los norteamericanos no habían dejado de tomar notas en ningún momento, con sus lapicitos y cuadernos con el sello del US ARMY.

Mientras, el “pez gordo” que lo había visto todo sin abrir la boca, decide que el viaje de regreso lo hará en uno de aquellos destartalados Nissan españoles, que serían mucho más inseguros e incómodos, pero que seguramente le llevarían, sí o sí, a dónde quisiera ir y sin tener que esperar un helicóptero.

No porque resulten mejores vehículos, todo lo contrario, sino porque resulta que los tíos aquellos, mal afeitados, mal encarados y que rumiaban en español palabras que al “pez gordo” le sonaban fatal, resulta que eran los más avispados soldados de toda la Unprofor y los únicos capaces de sacarle de un atolladero con un destornillador y una llave gorda.

Así el convoy regresó sin más novedad a la base y sin más bajas que una rueda semi-blindada que se había quedado tirada en una curva de la M-16, cerca del pueblo de Gorni Vakuf, en el valle del Neretva.

Seguro que si la rueda es española, allí no se queda.

El cabo Rogelio pudo celebrar su cumpleaños junto a sus camaradas , que se pegaron por cierto toda la noche partiéndose el pecho de risa mientras se imaginaban al “Chinuk” a medio camino y recibiendo la noticia:

–        Charlie uno, Charlie uno, aquí base, ¿me reciben?, cambio…

–        Aquí Charlie uno, cambio…

–        Regrese de inmediato, misión cancelada, cambio…

–        ¿Motivo?, cambio…

–        Un soldado aliado que según pone el mensaje recibido desde el alto mando español : “estaba hasta los cojones de esperar”

–        Ok, Roger… Regresando a base, Charlie uno cierro…

© A. Vllegas Glez.  Abril 2012

Relato basado en hechos reales ocurridos durante el servicio de la AGT CANARIAS en Bosnia y Herzegovina entre abril y octubre de 1993.

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